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miércoles, 30 de marzo de 2016

La Iglesia de San Francisco en el cerro Barón de Valparaíso

 


Venerable Templo porteño, fue construido por la Orden Franciscana en 1846, aunque la presencia de frailes de esa orden en Valparaíso se confunde con el origen de la ciudad en el siglo XVI. Dotado de una alta torre, por su ubicación él se convirtió de inmediato en un punto de referencia para los veleros que se acercaban a Valparaíso. Por eso, este puerto fue bautizado como "Pancho" por estos navegantes, pues lo primero que veían al acercarse a la costa era la esbelta torre de esta Iglesia.

En las últimas décadas ha sido pasto del fuego. Primero, fue en febrero de 1983; en seguida, en septiembre de 2010; y, por último, en agosto de 2013. Hoy lo que de este templo queda son venerables y muy impresionantes ruinas. Sin embargo, su destino no puede ser la demolición. En primer lugar, para mantener la presencia franciscana en la ciudad y, a la vez, porque él es un símbolo del Puerto. Por eso, convocados por la Corporación Por un Valparaíso Unido, un grupo de porteños se junta una vez al mes en este recinto sagrado para marcar presencia de modo que no se olvide su destino y para mantener así viva en Valparaíso la llama de la espiritualidad franciscana.

En las fotos que acompañan esta crónica queda registrada la primera actividad de este grupo en este año de 2016 y puede apreciarse de manera muy vívida la dolorosa situación en que se encuentra el Templo.


Valparaíso, Puerto de nostalgia... y de futuro

 
Vista de la Bahía - de Juan Mauricio Rugendas 1802-1858



Desde sus orígenes como puerto comercial abierto al mundo exterior, es decir, más o menos desde 1817, Valparaíso ha constituido fuente permanente de inspiración a múltiples artistas ya sea de las más diferentes disciplinas, como de las más distintas y distantes procedencias geográficas. Muy conocidos son los pintores como Sommerscales entre los extranjeros o Camilo Mori entre los nacionales, por no nombrar sino a dos de una verdadera legión tanto del pasado como del presente. También, los escritores como Salvador Reyes. Este último nació en Copiapó a comienzos del siglo XX y poco después se trasladó con su familia a vivir a Antofagasta. Pero, ya joven llegó a instalarse a Valparaíso donde pasó un tiempo que lo marcaría a fuego. Trasladado a Santiago, inició una carrera diplomática que lo llevó a muchos lugares del planeta y, al final, volvió a radicarse, como mucha gente de provincia, en la capital; pero, hasta el día de su muerte, en 1971, vivió buscando la puerta que le hubiera permitido regresar al puerto de sus amores.

Salvador Reyes fue un testigo privilegiado de la transformación de Valparaíso; de un puerto pujante y capital financiera y comercial de Chile a ser poco más que una caleta dedicada al cabotaje cuando, a partir de 1930, las autoridades de la época decidieron cerrar el país al comercio exterior con el pretexto de favorecer a la industria nacional. Política de torpeza infinita, ella fue la causante del atraso y subdesarrollo de Chile y del gigantismo de Santiago que absorbió lo mejor de cada provincia; política que sólo vino a clausurarse cuando los militares llegaron al poder en 1973. En Salvador Reyes, la nostalgia de Valparaíso no hizo sino crecer con los años; pero, a la vez, fue el motor de una importante producción literaria que culminó en 1955 con la edición de su obra más importante, una novela que llevó precisamente el nombre de “Valparaíso, Puerto de Nostalgia” y en la cual narra los acontecimientos de una vida cotidiana en la ciudad de aquellos años de transición.

Desde que se reabrió el país al comercio exterior y se dio impulso a una industria nacional capaz de competir en cualquier parte del mundo, Valparaíso ha recuperado buena parte de su enorme importancia portuaria. Y ha recuperado su importancia, dentro del país, como un centro privilegiado de carácter patrimonial. Pero, le ha costado más en otros aspectos que, en su momento, fueron característicos, como centro financiero, comercial e industrial de Chile; le ha costado recuperar población. De a poco, con todo, volverán.

Este es el momento pues para recordar a alguien como Salvador Reyes y para agradecerle su constante preocupación por Valparaíso, un gran personaje de sus novelas. Pero, no para quedar clavados en la pura nostalgia sino para convertir a ésta en motor de futuro; para reanimar el viejo camino de este puerto benemérito. Porque uno de los riesgos que corre hoy Valparaíso es el de que la nostalgia impulse a tratar de petrificarlo en su pasado y a convertirlo en no mucho más que una fría tarjeta postal.

Año Nuevo en Valparaíso. Detrás de la pirotecnia

 



A propósito de una entrevista a Jorge Coulón

(31/12/15)

Estamos a momentos de que termine el año 2015 y comience el 2016. En Valparaíso, como es costumbre, este cambio se celebra con un espectáculo pirotécnico de gran envergadura que, teniendo como telón de fondo la inmensidad del océano y la original disposición de los cerros, llega a ser portentoso. Desde hace algunos años, se han sumado a esta iniciativa, las comunas vecinas de Viña del Mar y Concón. Alrededor de un millón de personas se trasladan, sobre todo de Santiago, para admirar este espectáculo. El tráfico vehicular entre esas comunas y la capital pasa a ser colosal y las demoras para llegar a destino suelen sumarse en horas.

Es formidable haber logrado una convocatoria de esta envergadura; pero, pocos reparan en que, al día siguiente, Valparaíso sobre todo presenta en muchos de sus barrios un espectáculo lamentable de mugre y de acumulación inverosímil de basura. Son necesarios varios días, el esfuerzo ímprobo de los municipios comprometidos y el gasto de elevadas sumas de dinero para restablecer la normalidad. Quienes sufren estas consecuencias son sobre todo los habitantes permanentes que se ven obligados a ser testigos de cómo sus barrios y calles son invadidos por tanta gente que, llegada a la ciudad, cree que cualquier exceso está permitido y que se empeña con un fervor y aplicación dignos de mejor causa, en demostrarlo. Pero, también sufren los turistas que durante esos días quieren disfrutar del Valparaíso de siempre; que quieren acercarse a su patrimonio con veneración y con respeto y que, para hacerlo, tienen a veces que pasar por medio de la basura, por cuadras de muros rayados y pintarrajeados de manera abominable o por calles y plazas convertidas no pocas veces en letrinas públicas. Para Valparaíso y sus habitantes, los porteños, esperar el Año Nuevo, u otras festividades mayores, se convierte así en una pesadilla en la que cualquier cálculo de destrozos y de vandalismo queda pequeño al lado de lo que efectivamente sucede.

Valparaíso merece el respeto que toda ciudad, habitada por seres humanos, requiere para cumplir medianamente su función. Pero, lo merece además, por la importancia única que tiene para todo Chile; porque el principal patrimonio que alberga es precisamente la historia de esfuerzo, de creatividad y de originalidad que hay detrás de su configuración única e irrepetible dentro del país. En Valparaíso, el patrimonio ciertamente está constituido por monumentos y obras físicas que reflejan el pasado. Pero, no es sólo eso; el patrimonio también es una forma de vida, una tradición que pasa por la sangre de quienes lo habitan y que se transforma en una continua lección para las generaciones venideras.

Valparaíso abre sus brazos para comunicar ese patrimonio tangible e intangible a quienes lo visitan, pero pide a cambio que ellos asuman también la importancia y el valor que él representa, lo respeten y lo hagan respetar.

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