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viernes, 1 de abril de 2016

El bombardeo de Valparaíso, 31 de marzo de 1866

 
"Valparaíso Chile during the bombardment by the admiral Méndez Núñez".
Óleo sobre tela
por William Gibbons

El día 24 de marzo de 1866, la flota española llegó a la altura de Valparaíso y su jefe, el Brigadier Casto Méndez Núñez procedió a despachar un nuevo ultimátum al Gobierno de Chile exigiendo satisfacción por las ofensas recibidas, un saludo a la bandera española y la devolución de la goleta Covadonga tanto como la liberación de su tripulación hecha prisionera después de que ella fuera tomada por la corbeta Esmeralda a la altura de Papudo el anterior 26 de noviembre de 1865. El gobierno chileno rechazó de plano el ultimátum y, entonces, el jefe español anunció el bombardeo.

Surtos en la bahía se encontraban divisiones de la Marina inglesa como también de la Marina de los EE.UU. Los jefes de ambas se dirigieron al Brigadier Méndez Núñez y le hicieron ver la atrocidad que iba a cometer. El puerto de Valparaíso estaba completamente desarmado frente a una contingencia como esa, por lo que la acción española iba a terminar en una carnicería. Le ofrecieron a cambio organizar y patrocinar una especie de duelo naval entre las dos flotas contendientes, pero en igualdad de condiciones por lo cual la escuadra española debía reducirse de manera considerable. Méndez Núñez rechazó esta posibilidad: siendo inmensamente más poderoso, no podía arriesgar el destino de su misión en una aventura en la que, por compromiso, debía privarse del uso de sus buques más importantes. Por lo tanto, insistió en que iba a bombardear el puerto. Los almirantes de las flotas inglesa y norteamericana le notificaron entonces que ellos intervendrían con sus respectivas fuerzas para evitar la destrucción de Valparaíso. A la sazón, éste era un puerto muy importante para ambas potencias, pues les servía de base de operaciones en todo el sector del Pacífico sur este. Era la última carta que podía impedir el desastre.

Méndez Núñez, sin embargo, no se arredró y no retrocedió y así lo hizo saber al parecer con una lacónica comunicación: "La reina, el Gobierno, el país y yo preferimos más tener honra sin barcos, que barcos sin honra". Y sucedió lo impensado, los almirantes de las flotas inglesa y norteamericana sí retrocedieron y dejaron la vía libre para proceder. Sin duda, ni ellos se sintieron capaces de enfrentar a la flota española que exhibía a su frente al acorazado Numancia, tal vez uno de los buques más poderosos de la época. La población, entretanto, temiendo lo peor comenzó varios días antes a abandonar la ciudad, de modo que al llegar el fatídico día del 31 de marzo de ese año, ella estaba prácticamente deshabitada. Al amanecer, la fragata Numancia se adentró en el puerto y a las 8:00 a.m. disparó un primer cañonazo de aviso, al oír el cual los pocos habitantes que quedaban se fueron a los cerros y las iglesias, hospitales y escuelas izaron banderas blancas para que los fuegos no se dirigieran a ellos. La Numancia se retiró, pero una hora después, a las 9:00 a.m. se aproximaron los otros buques españoles y comenzaron el bombardeo. Este duró tres horas durante las cuales se dispararon más de 2.500 granadas que, por supuesto, destruyeron buena parte de la ciudad. Tal vez la pérdida más sentida fue la de los almacenes fiscales construidos poco tiempo antes y que constituían una pieza fundamental en la operación portuaria. A las 9:20 a.m. una bala dio en el reloj de la Intendencia que se detuvo instantáneamente dejando así constancia del instante en el cual fue impactado. Esta reliquia mucho tiempo arrumbada en el Museo Histórico en Santiago, hoy se exhibe con la debida solemnidad en el Museo Marítimo Nacional de Valparaíso. No hubo bajas personales, pues la ciudad se encontraba, como lo hemos dicho, deshabitada.

Terminado su "trabajo" la flota española abandonó Valparaíso y, poco después, la costa chilena y se dirigió, sin volver nunca más, a Callao para proceder también a bombardearlo, cosa que intentó el día 2 de mayo. Pero, el resultado fue muy diferente, porque El Callao se había preocupado de estar bien defendido por numerosas piezas de artillería cuyo fuego cubría toda la bahía. Por eso, el jefe español, después de iniciado el cañoneo pudo apreciar como éste era respondido por el de tierra de manera muy eficaz alcanzando con sus proyectiles a los barcos españoles. Dio por lo tanto por cumplida su misión y, navegando hacia el oeste, atravesó los océanos Pacífico e Indico. De esta manera, para volver a España sin regresar por el mucho más corto camino del Cabo de Hornos o del Estrecho de Magallanes, tuvo que dar la vuelta al mundo. Fu el epílogo de una aventura insensata que costó al ya enflaquecido erario español una verdadera fortuna que se costeó con el endeudamiento de varias generaciones de españoles y la pobreza de todo el país.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Hace 150 años - La guerra entre Chile y España

 
Combate Naval de Papudo
Óleo de Thomas Somerscales, (1842-1927)

En estos últimos meses se han estado conmemorando los 150 años de uno de los episodios más desafortunados de nuestra política de Relaciones Exteriores como fue la guerra contra España declarada en 1865. En lo que a Chile concierne, guerra en definitiva también urdida por las cúpulas políticas santiaguinas, apelando a un difuso sentimiento "americanista", y cuyo precio, a la postre, lo tuvo que pagar Valparaíso víctima de un inmisericorde bombardeo el 31 de marzo de 1866.

Es cierto que la provocación vino de la misma España. Esta había enviado en octubre de 1862 una expedición científica destinada a estudiar las costas de este continente y, aparentemente al menos, intentar un acercamiento con las repúblicas que no hacía mucho tiempo se habían desgajado de su corona. Pero, ¡oh sorpresa! la expedición científica se hacía escoltar por cuatro buques de guerra fuertemente armados. No fue de extrañar, entonces que, a poco andar, la visita científica y de cortesía , se convirtiese en una visita de amenaza y de agresión. Todo comenzó en Perú con un conflicto de relaciones laborales en el cual estaban implicados algunos ciudadanos españoles. Eso llevó al Gobierno español de la época a reforzar su flota con nuevas unidades y a ordenarle que ocupara las Islas Chinchas donde se encontraban los principales depósitos de guano cuya exportación constituía una de las bases de la economía peruana. En definitiva, aun antes de que el Perú reaccionara contra esta agresión, el gobierno chileno se sintió en la obligación no sólo de solidarizar con Perú sino de demostrar una abierta hostilidad a la actitud española. Por ejemplo, negando a la escuadra visitante todo tipo de abastecimiento y dejando libre campo para que desde todas partes llovieran los improperios sobre España. En definitiva, frente a un ultimátum español, el gobierno chileno responde con la declaración de guerra en septiembre de 1865.

La guerra fue únicamente naval, plano en el cual la superioridad española era abrumadora. La primera consecuencia fue la práctica desaparición de la marina mercante nacional. Los barcos que la formaban o cambiaron de bandera o se radicaron en el exterior o fueron destruidos por la naves españolas. En seguida, el bloqueo que la Armada española impuso a los principales puertos chilenos significó un severo golpe a nuestro comercio exterior. La reducidísima escuadra chilena, aun contando con el apoyo de algunas unidades peruanas, no tuvo otra alternativa que huir a esconderse en las aguas internas de Chiloé. Allí hubo algunas acciones de resultado incierto que para nada menoscabaron el dominio que España ejercía en el mar.

La única acción de triunfo para Chile sucedió el 26 de noviembre de 1865 cuando la corbeta Esmeralda, al mando de Juan Williams Rebolledo, capturó en una arriesgada maniobra frente a la costa de Papudo a la goleta española Covadonga. Ahí se encontraron por primera vez estas dos naves que años después, el 21 de mayo de 1879, habrían de combatir unidas en la rada de Iquique. Esta captura además provocó que el jefe de la escuadra española, almirante José Manuel Pareja se suicidara.

Fue sucedido en el cargo por el Brigadier Casto Méndez Núñez quien había llegado al mando del último refuerzo enviado desde España, la enorme fragata blindada Numancia que terminó por desequilibrar definitivamente la contienda. Con ella a la cabeza, la escuadra española se dirigió durante marzo de 1866 hacia Valparaíso con la orden de someterlo a un total bombardeo. Es lo que comentaremos en el artículo de mañana cuando se cumplan exactamente los 150 años de tan infausto suceso.

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