Gran
escándalo ha causado la irrupción, como candidato a alcalde por
Valparaíso, de un conocido personaje del espectáculo nacional, Leopoldo
Méndez, más conocido como DJ Méndez. Y de que sus probabilidades de
triunfar, sin ser completamente seguras sean, sin embargo, muy altas.
Muchos han salido a rasgar vestiduras por el hecho de que desde aquello
que se denomina la farándula se pretenda
entrar a ocupar un cargo de tanta responsabilidad como es el de alcalde
de nuestro primer puerto. Otros, han hecho críticas más mesuradas y
objetivas. Me parece que es lo que corresponde, porque no se puede
afirmar a priori que los que participan de esa “farándula” nunca van a
poseer las condiciones para ser alcalde. Desconozco si nuestro DJ las
posee o no; pero, no estoy dispuesto a negárselas de entrada. Sí, en
cambio, a reconocer que en su éxito como cantante con seguridad entran
dotes naturales, tanto como una alta dosis de esfuerzo, disciplina y de
dedicación.
Con todo, para entender bien este fenómeno de la
buena recepción que en la ciudadanía porteña ha tenido la candidatura de
Méndez, hay que tener presente que ella, más que hablar de sus dotes
para el cargo, habla del hastío que esa ciudadanía expresa como
consecuencia del deplorable estado que evidencia la ciudad. Y lo hace
apuntando a la responsabilidad que en tal estado les cabe a las
sucesivas administraciones comunales que la ciudad ha tenido en los
últimos 25 años. No quiero ahondar en un juicio sobre esas
administraciones, pero basta darse una vuelta por Valparaíso para
advertir la precaria situación en que se encuentra la ciudad y la nula
capacidad que ellas han evidenciado para hacer frente a los problemas
que la aquejan. Lo cual ha provocado que, al desprestigio generalizado
que rodea a la actividad política en el país, se añada un especial
desprestigio en Valparaíso por la incapacidad que han demostrado los
grupos políticos organizados como tales de proveer de caminos de salida a
la ciudad para que alcance el sitial que puede alcanzar y que merece
alcanzar. Y que necesita alcanzar para proveer a sus habitantes de una
calidad de vida que merezca el nombre de tal.
La aparición del
DJ Méndez constituye así una bofetada que la ciudadanía -no el DJ-
proporciona a esa manera ramplona, carente de imaginación y, sobre todo,
carente de inteligencia que ha caracterizado a la actividad política
tanto nacional como local. Es una manera de decirle a los partidos que
basta ya de mediocridad y de somnolencia. Por eso, es también una señal
de alarma. Si los políticos no despiertan de la rutina banal que
caracteriza el ejercicio de sus cargos, podemos terminar por
encontrarnos, esta vez sí, con sorpresas muy ingratas.
El paso
que hadado este artista ha provocado un remezón que no podemos
calificar sino de saludable. Por eso, en vez de descalificarlo ahora por
su lugar de procedencia, habrá que analizar sus propuestas sobre la
ciudad y, sobre esa única base, habrá que juzgar la valía de su
candidatura.

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